Bartolomé Esteban Murillo, un “artista contra su tiempo”

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Murillo y su estela en Sevilla, comisariada por Benito Navarrete, desentraña el inusual fenómeno de la perdurabilidad de la fama del pintor y cómo a la sombra de su triunfo crecieron otros artistas que tomaron para sí el estilo del maestro sevillano para poder seguir saciando los deseos de todo un pueblo que seguía demandando obras de arte de estilo “murillesco”. Convento de Santa Clara de Sevilla, hasta el 8 de abril. RAFAEL JAPÓN, historiador del arte y colaborador de esta muestra, desvela a nuestros lectores los secretos de esta exposición

Una cita de Georges Didi-Huberman da la bienvenida al visitante en las antiguas dependencias del convento de Santa Clara de Sevilla. No se refiere en concreto al protagonista de la exposición, sino que quiere ser una declaración de intenciones: una nueva visión alejada de las viejas recetas historiográficas con las que se viene elaborando la estampa del pintor Bartolomé Esteban Murillo desde antaño, que en esta ocasión se desvela como un “artista contra su tiempo”.

Sobre estas líneas, Retrato de Murillo, por John Richard Coke Smyth, 1853, Sevilla, Casa Consistorial del Ayuntamiento. Arriba, Los niños de la concha, por Bartolomé Esteban Murillo, h. 1670, Madrid, Museo Nacional del Prado.

En el número 227, enero, de Descubrir el Arte se publicó un dossier dedicado al Año Murillo en el que se analizaba desde diferentes perspectivas la figura del maestro sevillano celebrada en el IV centenario de su nacimiento. Fueron numerosos los factores que hicieron de él un genio muy apreciado y admirado ya en vida, siendo su capacidad de traducir al lienzo la sensibilidad cultural de todo un pueblo una de las claves más importantes para entender este fenómeno. Uno de ellas fue la ferviente religiosidad manifiesta en la producción pictórica del artista a lo largo de toda su trayectoria, siendo capaz de inventar nuevas imágenes para que los santos se presentaran más humanos y, por tanto, más accesibles a los fieles andaluces del catolicismo postridentino.

En la actual exposición Murillo en la Catedral de Sevilla. La mirada de la Santidad organizada en el mismo templo hispalense en torno a las celebraciones de la efeméride, se evidencia este proceso mediante dieciséis originales que son en su mayoría propiedad de la propia institución catedralicia. Otro conjunto especialmente revelador en este mismo sentido es el retablo mayor de la iglesia de los Capuchinos, cuyas pinturas creadas hacia 1665 se muestran restauradas y dispuestas en estos días en el Museo de Bellas Artes de Sevilla en una instalación similar a como se podía apreciar en origen, incluyendo el cuadro central con El jubileo de la Porciúncula, disperso tras las consecuencias de la invasión francesa de comienzos del siglo XIX y prestado por diez años a la ciudad de Sevilla por su actual propietario, el Museo Wallraf-Richartz de Colonia.

Retrato del conde de Ávalos, en un óvalo fingido, por Cornelis Schut, 1682, Madrid, colección particular.

Al mismo tiempo que estos eventos presentan diversas facetas de la evolución de Murillo como pintor, en las salas expositivas del antiguo convento de Santa Clara de la capital hispalense se desentraña el inusual fenómeno de la perdurabilidad de su fama.

En el siglo XVII el nombre del pintor es uno de los que más se repite en los inventarios de las colecciones sevillanas. Este dato nos habla del éxito de un artista que consiguió renovar la estética de la época en la que vivió, a través de un estilo propio en el que se conjugan diferentes elementos que enlazaban a la perfección con el gusto preferente de aquellos años. En gran medida, los mecenas de Murillo lo encumbraron a la cima del Parnaso español gracias a la gran cantidad de encargos que recibió a lo largo de su carrera, los cuales hicieron que en Sevilla y su entorno el pintor no tuviera ni un competidor capaz de superarlo. En cambio, a la sombra de este triunfo sin precedentes crecieron otros artistas que tomaron para sí el estilo del maestro para continuar saciando los deseos de todo un pueblo que seguía demandando obras de arte con esa particular manera suya más allá del fin de su existencia.

La beata Dorotea, por Bartolomé Esteban Murillo, 1674, Sevilla, Catedral de Santa María.

La visión tan personal con el que el genio sevillano supo crear cada una de sus imágenes hicieron posible esa conquista en la memoria del pueblo, suponiendo aún hoy un germen de la tradición local. De esta manera, la ambiciosa exposición Murillo y su estela en Sevilla se va desplegando ante los visitantes con la intención de demostrar cómo una serie de exitosos modelos iconográficos elaborados por el pintor se difundieron gracias a sus discípulos y seguidores, quienes ayudaron a perpetuar en el inconsciente colectivo estas representaciones a través de la influencia, la copia o la reproducción de sus originales.

Las temáticas sagradas juegan un papel fundamental en esta ocasión. Bartolomé Esteban Murillo consiguió llegar al corazón de los fieles de una forma inmediata, acercando al pueblo de una manera sencilla la complejidad de lo divino. La iconografía de la Inmaculada Concepción fue la que más veces se versionó, ofreciendo a Sevilla las representaciones más emotivas de una misma devoción vivida por sus ciudadanos con una exaltación especial en el siglo XVII. La belleza desbordante de las vaporosas y etéreas versiones de la mujer apocalíptica en continua ascensión fue inspiración para otros pintores hasta en épocas posteriores, como es el caso de Domingo Martínez, quien llevó a cabo un cuadro de altar para la iglesia de San Lesmes de Burgos durante el Lustro real con un innegable débito de los modelos murillescos, como la Inmaculada Concepción “de Aranjuez”, demostrando además cómo este modelo fue muy apreciado desde temprano más allá de las fronteras andaluzas.

Sagrada Familia en el taller de Nazareth, por Andrés de Rubira (atrib.), Bilbao, Parroquia Santuario de Santa María de Begoña.

Una cualidad puesta de manifiesto, siguiendo el discurso ideado para este evento, es su habilidad en la reinterpretación y creación de las imágenes de los santos que conseguían por aquellos años el más alto rango en la jerarquía eclesiástica, como fue el caso de san Fernando, y de otros que se proponían para su beatificación, como la Madre Sor Francisca Dorotea o el venerable padre Fernando de Contreras, basándose para este último en la efigie creada por el pintor Luis de Vargas en la centuria anterior.

Sus pinceles derrocharon sensibilidad en temas como la Virgen con el Niño, donde el naturalismo se conjuga con una profunda empatía para demostrar sin vanidades la atemporalidad de los efectos. Misma delicadeza con la que se ha tratado la museografía que conduce al espectador en el tránsito entre la pintura y la escultura, ilustrando cómo una misma idea puede ser modelada igualmente con distintos materiales. El evocador enfrentamiento de los célebres Niños de la Concha de Murillo, propiedad del Museo Nacional del Prado, con la escultura del Niño Jesús y san Juanito de Luisa Roldán, más conocida como “La Roldana” (en la revista núm. 229, marzo, ahora en quioscos, dedicamos un artículo a esta escultora),  conservada en la Ermita de Nuestra Señora de los Santos de Móstoles, supone un claro ejemplo de la interconexión entre diferentes tipos de artistas unidos por una misma sensibilidad cultural, relacionándose a su vez con la literatura del momento, como puede ser la obra de Baltasar Gracián.

Alegoría del Nuevo Testamento, por José Gutiérrez de la Vega, 1844, Madrid, Museo Nacional del Prado (depósito en el Museo de Málaga).

De gran importancia para la perdurabilidad de la fama de Murillo fueron los grabados y estampas creadas a partir de sus pinturas. La reproducción en serie de sus obras a través de estas técnicas se desarrolló fundamentalmente a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, aunque se tiene constancia de ejemplos anteriores, algunos realizados por el propio Murillo consciente de su éxito. Se trata de una Virgen con el Niño conservada la Biblioteca Nacional de España de la que se piensa que pudo grabarla a partir de uno de sus dibujos. Como consecuencia natural, con la revolución de la fotografía se comenzaron a encargar en la segunda mitad del siglo XIX álbumes con reproducciones de pinturas de Murillo.

Otro género que tiene gran presencia en esta exposición es el del retrato. Se pone de manifiesto las novedades que Murillo aportó en este campo y que fueron bien recibidas en la producción artística de otros pintores como Juan de Valdés Leal o Alonso Miguel de Tovar. Se trata principalmente de los marcos fingidos que derivan de la cultura libraría y de modelos flamencos, y que se pueden observar en sus famosos autorretratos, como la falsa guarnición de piedra que rodea su efigie en la versión conservada en la Frick Collection de Nueva York, que fue copiado posteriormente por John Richard Coke Smyth.

Niño Jesús y san Juanito, por Luisa Roldán, La Roldana, h. 1691-92, Móstoles (Madrid), ermita de Nuestra Señora de los Santos.

La extraordinaria valoración de todas las aportaciones con las que el genio de Murillo engrandeció la pintura española del siglo XVII derivó naturalmente en la conformación de la leyenda del pintor. La revalorización de su figura de la mano del romanticismo tuvieron consecuencias visuales en la creación de diversas pinturas en las que se representan pasajes de la vida del sevillano, en gran medida invenciones basadas en las fábulas concebidas ya en vida del maestro y alimentadas por su popularidad. En este sentido, es muy sugestivo contemplar obras de artistas el siglo XIX, tanto españoles seguidores aún de la estética murillesca, así como extranjeros que representan al pintor en imaginativas escenas de su vida. Así ocurre con La temprana edad de Murillo, 1634, en la que John Phillip imagina a un adolescente Murillo vendiendo sus modestas composiciones en uno los mercados más concurridos de la capital hispalense, el de calle Feria, referencia extraída de los Annals os the artists of Spain escrito por William  Stirling Maxwell en 1848.  

Inmaculada Concepción, por Domingo Martínez, 1733, Burgos, Iglesia de San Lesmes.

No se trata, por tanto, de una exposición sobre los seguidores de Murillo, sino de la perdurabilidad a lo largo de los siglos de su fama. La perfecta comprensión de toda una época hace, paradójicamente, de este maestro sevillano una figura eterna, es decir, un artista que sigue ganado en el pulso contra el tiempo.

La Virgen de la faja, Alonso Miguel de Tovar, 1715-25

La Virgen de la faja, por Alonso Miguel de Tovar, 1715-25, Museo de Cádiz.

La copia pictórica jugó un papel decisivo para la pervivencia de los estilos de los grandes maestros europeos, como Murillo. Este fenómeno se está estudiando sistemáticamente por vez primera en el seno del proyecto estatal I+D Copimonarch, dedicado a la investigación de la copia pictórica en la monarquía hispánica durante la Edad Moderna, dirigido por el profesor de la Universidad de Granada David García Cueto, en el cual también participa el comisario de la presente exposición, Benito Navarrete Prieto. Como ejemplo, se puede contemplar en esta ocasión la Virgen de la faja, una de las obras más estimadas de la producción del maestro, de la que se cuentan por cientos las copias que se han realizado y distribuido por Europa desde fechas muy tempranas. Una de ellas, realizada por Alonso Miguel de Tovar hacia 1715-1725 sigue fielmente el modelo primigenio y se muestra junto al cuadro original, que por primera vuelve a Sevilla tras la salida de la colección de los duques de Montpensier en el siglo XIX, para evidenciar el alto nivel de comprensión del estilo de Murillo al que llegaron sus seguidores e imitadores.

Santa Rosa de Lima, Bartolomé Esteban Murillo, h. 1670

Santa Rosa de Lima, por Bartolomé Esteban Murillo, h. 1670. Madrid, Museo Lázaro Galdiano.

Los mitos y las leyendas han marcado persistentemente la biografía del pintor sevillano. Su hija Francisca María, monja profesa del convento de Madre de Dios de Sevilla, fue testigo del milagro de la sanación de una de sus hermanas religiosas gracias al contacto con un cuadro que efigiaba a Santa Rosa de Lima. Murillo realizó varias versiones de este personaje a la luz de la beatificación en 1668 y la sucesiva canonización (1672) de la que sería la primera santa nacida en el continente americano. Fue precisamente esta composición la que más veces se copió gracias a la ternura con que trata el milagro de la aparición del Niño Jesús, envolviéndolo de completa cotidianidad, convirtiendo con esta obra al pueblo sevillano en cómplice de tal extraordinario suceso.

Rafael JAPÓN

Datos de interés: Murillo y su estela en Sevilla, Convento de Santa Clara de Sevilla. Hasta el 8 de abril

Murillo y su estela en Sevilla

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